Al_Cristopher
 Amante Trovador (PV) 
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 | Tema: La gata sobre el tejado de zinc caliente Vie Mar 11, 2011 9:11 pm | |
| LA GATA SOBRE EL TEJADO DE ZINC CALIENTE
Era una mañana de domingo de primavera, cuando Donovan había decidido visitar el hogar de su amada, ubicada en la ciudad de Majadahonda. Hacía varios días que no sabía nada de ella y necesitaba su compañía.
Ambos se hallaban en el jardín, sentados en sillas de hierro junto a una mesa también de hierro. Donovan, que acababa de llegar, parecía cansado, con algo de sueño; pero eso no fue suficiente para que él desistiese a estar al lado de su musa de cabellos brunos y ondulados; tan ondulados que si en vez de su textura actual hubiese tomado la de azul claro, Donovan, rápidamente, habría creído que se trataban de un pelambre de pequeñas olas de mar que descendían sobre las sienes lechosas de su cabeza. La miraba fijamente con sus ojos grandes y negros, pero Valeria, que así se llamaba ella, no le mostraba ningún interés; por lo que trató de atraer su atención:
-Había pensado en regalarte un manojo de narcisos; pero..., pero bueno, pensé que este racimo de rosas te podían gustar-Sus labios finos y tensos temblaron al hablar, a la vez que su mirada denotaba una cierta preocupación.
Valeria, en cambio, no se inmutó ni en lo más mínimo.
-Me da igual, Donovan-afirmó antipáticamente, con aquellos labios escarlata y levemente gruesos-. Sinceramente no me importa.
Donovan se sentía como un verdadero idiota. Un incesante remordimiento cubrió todo su rostro lampiño lleno de inocencia.
-¿Cómo osas Valeria?-dijo indignado- Después de lo que yo te he querido, de lo que yo he sufrido por ti, ahora me desprecias de ese modo tan aborrecedor-Y sin vergüenza, inclinándose hacia ella, con voz baja y un tanto meticulosa, dijo: Dime que me quieres, Valeria-Y al ver que no respondía, elevó la voz caracterizada por un tímido enfado, y exclamó: ¡Dímelo!
Valeria no lo miraba. Sus ojos grises semejantes a las de una gata solitaria se perdían en la explanada del uniforme y liso verde jardín. Estaba pensativa; tal vez más preocupada que Donovan. Su corazón se encontraba sumido en una tremenda confusión, y, a medida que pasaban los segundos, su estado de ánimo era cada vez más deprimente. Sinceramente ella no quería hacer daño a Donovan con sus problables improperios mal intencionados, sin embargo necesitaba de algún modo expresar su conciencia; una conciencia que había ido de mal en peor, y que no hacía sino enloquecerla de forma aterradora como un ermitaño o, mejor dicho, como a una poetisa encerrada en un cuarto oscuro.
Enseguida, se levantó bruscamente de la silla, sin mirarle en ningún momento, y empezó a rondar inquieta, con pasos cortos, alrededor del jardín. Los rayos del sol, brillantes y débiles, se resbalaban por su vestido corto de seda de color turquesa; y acariciaba monótonamente su piel blanquecina. Entretanto, la humedad de la hierba fresca, en donde pisaba, desprendía un fuerte hedor de tierra mojada, y se filtraba entre las estrechas aletas de su nariz esbelta y puntiaguda. Donovan la contemplaba desde su estancia de manera extraña, bajo su sombrero negro de copa que, acentuándolo con su chaleco negro recubierto por un traje de pana y una corbata de lazo, le daba una apariencia de hombre aburguesado. No se atrevió a acudir a ella y rodearla con sus brazos como había hecho en momentos anteriores; no era la situación idónea para concebir tal acción pacificadora, y menos después de lo sucedido.
Valeria, que se plantó en el centro del jardín, con el cielo abierto y despejado besando sus cabellos almendrados, y aquellos rayos fulgurantes resplandeciendo sobre su vestido, se volvió hacia Donovan, mostrando en su fisonomía una expresión de enojo, con el ceño fruncido y sus ojos grises como dos antorchas de fuego, y le bramó:
-Pero, ¿qué quieres de mí?-Y rompió en llanto, aún así continuaba diciendo, mientras se golpeaba con sus manos pequeñas y delgadas: ¡Qué coño quieres de mí-Y se derrumbó sobre la hierba como un lirio en una tormenta de primavera.
Al ver esto, Donovan se sobresaltó de su silla y acudió hacia ella. Pero ésta rápidamente le rechazó.
-¡No me toques!-le ordenó cuando iba a cogerla de sus brazos-¡No tienes derecho a tocarme!-Entonces Donovan se retiró, mientras ella se levantaba y se arreglaba el vestido.
Tanto el uno como el otro permanecieron frente a frente observándose en silencio; Donovan la miraba, desde sus ojos negros y despiertos, un tanto preocupado; y ella, a su vez, lo miraba insegura, gravemente nerviosa, con los ojos congestionados y los pómulos rojos como si tuviese algún efecto de erisipela. El aire fresco de la mañana lindaba en sus atuendos y en su cabellos, y de pronto un tropel de aves lujuriosas aparecieron entre el vacío del firmamento; piaban enérgicamente. Parece ser que ellos no se dieron cuenta, ya que aún seguían mirándose, hasta que por fin Donovan, con tono paterno, le dijo a Valeria:
-Valeria, entremos a casa.
Valeria se mantuvo en un mutismo angustiante; y, bajando la mirada de él, cayó una segunda oleada de mar ardiente sobre su bello semblante, desarrugándolo con más vehemencia; líneas de rímel rodaban sinuosas por sus mejillas, y sus labios rojos habían dejado de irradiar llamativamente como antes. Donovan se acercó a ella y la abrazó estrechamente.
-Valeria...
Mojando de tristeza su pecho, Donovan la dirigió, a paso lento, dentro de la casa, que se alzaba a lo alto del jardín, con sus dos pisos recubiertos por un tejado de zinc caliente y las ventanas parpadeando de calor como paneles de aluminio; allí era donde la gata caminaba día tras día, sola, sin nadie a su lado..., sin Donovan. Porque éste tenía hecha su vida con otra familia; estaba casado y era padre de tres hijos. ¡Oh!, pero amaba a Valeria, y por eso le había comprado esta casa, por eso le había regalado el vestido de seda en su cumpleaños; pero ella aún seguía teniendo dudas.
No me agradaría dejar por alto en el camino el ramillete de rosas que fue abandonada sobre la mesa de hierro. Se olvidaron de recogerla. ¡Si pudiesen llorar las flores, qué pasaría!
Quiero concluir con este relato escrito de forma improvisada, que cuando existe el dolor, es decir, cuando se hace notar notoriamente, es cuando la belleza se pierde como los pequeños detalles, como una mirada, de manera súbita al otro lado de la realidad; y este fue el caso.
Última edición por Al_Cristopher el Miér Mar 16, 2011 6:08 pm, editado 2 veces |
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Blanjou
Escritor Novato Mensajes: 8 Edad: 24
 | Tema: Re: La gata sobre el tejado de zinc caliente Mar Mar 15, 2011 8:57 pm | |
| ¡Hola! Es la primera vez que comento algo, así que espero no ser demasiado brusca. Lo cierto es que la narración en sí me ha resultado en algunos puntos un tanto forzada, utilizas palabras que, si bien no son del todo erróneas, no acaban de cuadrar. Otras, por el contrario, aunque puedan ser sinónimos en casos puntuales, no sucede aquí. Por ejemplo, racimo de rosas. Las flores suelen ir, normalmente, en ramos o ramilletes. Incluso manojo diría que no es del todo correcta como sinónimo de esas dos. Depende de qué es lo que estés agrupando: rosas, uvas o espigas. Creo que intentas hacerlo demasiado "poético" y, personalmente, lo encuentro cargante. Como dije, eliges palabras muy rebuscadas que le restan bastante naturalidad a la narración. Además repites demasiado cosas como "los rayos de sol en sus ropas o el viento en sus cabellos" | Citación: | | Y rompió en el llanto | Rompió en llanto
| Citación: | | Los rayos del sol, brillantes y débiles, se resbalaban en su vestido | Los rallos de sol, brillantes y débiles, resbalaban por su vestido
| Citación: | | se filtraba entre sus estrechas aletas de su nariz esbelta y puntiaguda | se filtraba entre las estrechas aletas de su nariz esbelta
Pero bueno, la idea está bien. |
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Al_Cristopher
 Amante Trovador (PV) 
Mensajes: 150 Edad: 20
 | Tema: Re: La gata sobre el tejado de zinc caliente Miér Mar 16, 2011 6:06 pm | |
| Gracias!!! Muchas gracias por tu corrección!! Lo corregiré!! |
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