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 Mambrú se fue a la guerra

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LazyYouth

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Mensajes: 129
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MensajeTema: Mambrú se fue a la guerra   Sáb Mar 27, 2010 10:08 am

Agonía

A la señora Mary Malborough

Últimamente los doctores no damos
abasto. Cada día llegan algo así como medio centenar de soldados, cada uno con
heridas y lesiones más graves y brutales que el anterior. Y uno empieza a
pensar lo inhumana y lo cruel que puede llegar a ser la guerra, y que tanta
masacre ha sido provocada por un estúpido deseo de revanchismo contra el mundo
y por las ganas de dominación mundial de cierto señor bajito y con bigote.


- ¡Doctor Hopking, hay un herido muy
grave de camino, le necesitamos en la sala de operación 5!


Lo dicho, no damos abasto. Me
apresuré a cambiarme al pijama de operaciones, y me desinfecto las manos y
entro en la sala. Para cuando llegué, el paciente estaba ya tumbado en la cama
de operaciones, aullando y convulsionando como un poseído. Tenía quemaduras de
segundo y tercer grado por casi todo el cuerpo, y había perdido los ojos y un
brazo. Una imagen repugnante y a la vez triste, pero nosotros ya estábamos
acostumbrados a vivir estas situaciones. Pero este soldado en particular era
diferente, porque no gritaba cierta vocal. Con un tono de dolor desgarrador, el
herido lanzaba un aire dos nombres:


- ¡¡¡Mary!!! ¡¡¡Micheal!!!

El anestesista le metió el suero
adormecedor por su brazo “sano” y el pobre hombre cayó dormido. Hicimos lo que
pudimos con él, aunque no fue mucho: Arrancarle el brazo herido para evitar
infecciones y quitar la piel quemada. Esto último le dejaría los músculos al
descubierto, lo que le provocaría un dolor insufrible, pero era mejor que
contraer una enfermedad, o incluso un cáncer. Le pusimos la manta más fina que
pudimos para que no le diese el aire, le tapamos los ojos con un trapo y lo
metimos en una habitación, como todos los demás soldados. Había más pacientes
que tratar.


Y se preguntará, ¿por qué no le
matábamos y le ahorrábamos aquél sufrimiento? Bueno, entonces yo le pregunto
esto a usted: ¿usted cree que tenemos el suficiente valor para arrebatarle la
vida a un paciente, aunque sea para aliviar el dolor? No sé los demás, pero yo
me veía incapaz de inyectar la solución letal, aunque el mismo paciente me lo
suplique. No sería capaz de soportar los remordimientos si llegase a hacer eso.
Los doctores existen para salvar vidas, no para quitarlas. O al menos, eso
pensaba yo.


El caso fue que, cuando terminó mi
eterno turno, cogí la tabla médica (proporcionada por el Ejército) de aquél
paciente, su marido, y me fui a verlo. Tenía curiosidad por saber quiénes eran
esas dos personas que mencionó mientras gritaba. El señor Tim Malborough,
soldado de treinta años, había resultado herido de gravedad por una granada en
la operación del día N, el desembarco de Normandía. Había dejado atrás a una
mujer y a un hijo. ¿Cuáles eran los motivos de aquél “veterano de la vida” para
tener que ir a la guerra con su edad y abandonarles a ustedes?, me pregunté.


Cuando llegué a su habitación
(compartida junto con otros soldados en no peor estado), me lo encontré con la
manta tirada al suelo, y todo el torso al descubierto, mostrando los músculos
ensangrentados. Seguía gritando su nombre y el de vuestro hijo.


- ¡¡¡Mary!!! ¡¡¡Micheal!!!

Me acerqué y le coloqué la sábana
encima suya de nuevo.


- ¡Doctor, haga algo! ¡No puedo
soportar este dolor!


Aunque no estaba de turno, me tomé
la molestia de ponerle un suero y de apuntar esta acción en su tabla médica. Vi
cómo dejaba de contonearse y de revolverse, aunque sabía que la dosis no era
suficiente para aliviarle por completo la agonía.


- Si me permite la pregunta, señor
Malbur… Malborugh…


- Llámeme Mambrú si le parece
demasiado complicado. – el pobre Mambrú lanzó un quejido.


- ¡No se mueva más de lo
necesario! Bueno, lo que quería decirle es que antes, en la mesa de
operaciones, usted gritaba unos nombres, en vez de decir “aaaaah” como los
demás. Si no le parece demasiado personal la pregunta…


- Mi tiempo se agota, así que ya
nada importa. – cortó Tim “Mambrú”– Estaré encantado de responderle a cualquier
pregunta. Es más, quería que alguien escribiese mi última voluntad.


¿Qué más podía hacer por aquél
hombre? Cogí lápiz y papel y me senté a su lado.


- Me hubiera gustado poder pedir
perdón a mi esposa Mary y a mi hijo Micheal… Pero míreme, ahora no tengo ojos.
Y le prometí a mi hijo que lo llevaría a dar una vuelta en coche. Ahora he
perdido un brazo, y no siento mis piernas. En todo caso, es él quien debería
llevarme a mí. – el señor Malborough pegó una risotada amarga, y acto seguido
tosió, dolorido.


- … Lo siento mucho, señor Mambrú.
– fue lo único que se me ocurrió decirle.


-¿Está usted listo para escribir lo
que le diga, Doctor? Va a ser muy largo…


Asentí, pero me acordé de que
estaba ciego, así que dije “Cuando quiera”. El señor Malborough tomó aire y
tosió. Sabía que no debería gastar energías en su estado, pero le dejé empezar
su historia. La historia de otro soldado más que lo dio todo por su familia. A
continuación le adjunto lo que dijo su marido con sus mismas palabras.
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LazyYouth

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MensajeTema: Re: Mambrú se fue a la guerra   Sáb Mar 27, 2010 10:10 am

Resignación

Llegué cansado a mi piso en Nueva York, después de un día bastante
ajetreado. Salió a recibirle mi querida esposa Mary, con un beso de
bienvenida, colgué mi vieja y manchada gabardina en el perchero viejo que había
en el recibidor.

- Hola querido, ¿qué tal te fue? – me dijo Mary.

-Hoy tampoco hubo suerte. No queda trabajo por ninguna parte… – suspiré

En ese momento, mi hijo Micheal salió de la cocina, y corrió a mis brazos.
Me puse de cuclillas para recibir un fuerte abrazo (bastante fuerte para tener
sólo 6 años), aunque duró más bien poco, porque se soltó y me miró con el ceño
fruncido y haciendo pucheros.

- ¡Papi, dijiste que hoy iríamos al parque, todos juntos!

- Ya lo sé, Micheal, pero hoy papá ha tenido que hacer mucho trabajo… - me
excusé, lo cual era verdad - Mira, como compensación te he comprado una
cosita.

- ¿Una cosita? ¡Ooooh, quiero verla, quiero verla! – el enfado de Micheal se
tornó enseguida en curiosidad y en alegría. No pude evitar pensar en lo fácil
que era desviar la atención de los niños. Aun así, hubiera estado bien jugar
con él de vez en cuando…

Micheal quitó el envoltorio del paquete que le entregué, y una sonrisa de
oreja a oreja iluminó su cara infantil. Grabé aquella dulce imagen en mi
memoria, y podría explicar con todo detalle las facciones y expresiones de su
cara en aquél instante.

- ¡Guaaaaaauuuu! ¡Un Mustang P-51! ¡Bieeeen! – el niño se puso a correr con
la maqueta del moderno avión por los pasillos, berreando como si fuera el motor
del moderno avión de combate.

- ¡Ey, Micheal! ¿Qué se tiene que decir ahora a papi? – dijo Mary.

- ¡Gracias! – la voz de Micheal sonó reverberada por los pasillos.

Me reí entre dientes.

- La verdad es que me hace gracia que se olvide tan rápido de que no
he podido ir al parque con él.

- Si… - dijo su mujer – Por cierto, ¿cuánto te ha costado esa maqueta?

- Mujer, no te preocupes tanto por el dinero…

- ¿Qué no me preocupe? ¡Tú sabes perfectamente que no estamos para ir
gastando el dinero de cualquier forma, Tim!

10 años de convivencia me habían enseñado que si mi mujer me llamaba por mi
nombre de pila, algo gordo iba a ocurrir.

- Lo vi en una tienda de esas de segunda mano, y creí que estaba bien de
precio…

Mi amada esposa me miró, como si ya me estuviera reprochando
adelantadamente.

- … 50 dólares. – mentí. Mary suspiró y se llevó la mano a la frente. –
Tampoco es para tanto, Mary. Además, el niño ya estaba pidiendo desde hace
mucho un juguete nuevo.

- No lo comprendes, Tim… Podías haberle comprado uno más barato.

“Menos mal que no le he dicho que me valió 150...” pensé. Decidí que lo más
conveniente era cambiar de tema.

- Bueno, Mary, ¿qué nos has preparado para cenar? Estoy que me caigo de
hambre.

Mi mujer pareció que también deseaba dejar la discusión: - Tenemos pollo a
la plancha, y un poco del pudding de ayer.

- Mmmm, suena delicioso. – el período de escasez que estábamos viviendo toda
la familia había hecho que aprendiéramos a disfrutar hasta de las cosas más
corrientes.

- Por cierto, cariño, te han llegado varias cartas, podrías mirarlas
mientras frío los filetes. – me comentó mi esposa mientras se iba a la cocina.

- Está bien…



Después deponerme una ropa más cómoda, cogí el abrecartas de plata que
heredé de mi abuelo, muerto en la Primera Guerra, y empezé por la primera carta
del pequeño montón de misivas que reposaban en la mesita. Una factura de luz,
que me costaba 100 $ mensuales. Sólo con eso ya era suficiente para dejarnos
con una mala situación económica. Y eso que Mary tenía dos trabajos.
Normalmente yo cogía cualquier trabajo de Obras Públicas, pero últimamente no
había nada que construir.

Proseguí con la segunda carta, la cuenta del agua corriente. Palidecí al ver
los números de abajo del todo. Con esa cifra, la compañía del agua nos dejaba
ya en números rojos. Y bastante rojos. Ni siquiera si encontrase un trabajo
decente sería capaz de pagar tal suma. ¿Qué había pasado, por qué habíamos
gastado tanta agua? Pero lo más importante era: ¿y ahora qué iba a hacer?
Deprimido, dejé la carta en la mesa y seguí con la tercera.

Era un cartel de propaganda de guerra, con el tío Sam y su peculiar sombrero
americano, apuntándome, con el eslogan “I want YOU for the U.S.A. Army”.
Estuve a punto de hacerlo una bola y tirarlo a la papelera, pero vi una línea
destacada abajo que llamó mi atención. “Los soldados cobran 2.000$
mensuales”
. Una millonada, y más sabiendo que estábamos aún en crisis.
¿Pero quién querría arriesgar su vida luchando en el Pacífico?

Sin embargo, vi a mi hijo Micheal correr por los pasillos, con el avioncito
de juguete que le había regalado, y desvié mi mirada hacia las facturas.

En ese momento, no antes ni después, tomé la decisión que marcó y destrozó
mi vida por completo.
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LazyYouth

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MensajeTema: Re: Mambrú se fue a la guerra   Sáb Mar 27, 2010 10:17 am

Miedo
- ¡Tres minutos!
Volví al mundo de nuevo y miré alrededor. El nerviosismo y el pánico se reflejaban en los rostros de todos mis camaradas a medida que nos acercábamos a la zona de desembarco. Varios bombarderos y cazas pasaron por encima de nuestras cabezas, llenando el tenso silencio con el rugido de sus motores.
Desde que dejé a mi familia sin despedirme, me he arrepentido profundamente de mi decisión de alistarme en el Ejército. Los sargentos que supervisaban nuestro entrenamiento eran muy estrictos y no nos dejaban ni un minuto de descanso. Después de 10 horas de correr, hacer flexiones, arrastrarse debajo de cableados, saltar sobre vallas, practicar el tiro, más vueltas al cuartel, más flexiones, estudio del enemigo y más tipos de torturas físicas, nos juntaban 25 hombres en una misma habitación. Allí sólo dormían en las 10 literas los que se lo ganaban a pulso. Los otros 5, entre los que siempre me incluía yo, nos teníamos que aguantar con el duro suelo.
- Mambrú, antes de salir allá afuera… Me gustaría hacerte una pregunta.
Giré la cabeza hacia donde provenía la voz de mi amigo Turner, un joven de apenas 20 años quien había sido reclutado a la fuerza, como tantos otros. De hecho, era raro ver a alguien alistarse voluntariamente como yo.
- Dispara.
Creo que Turner pilló el chiste, aunque no soltó ninguna carcajada. Turner y yo nos conocimos en el barco, y aunque hablamos más bien poco en el infernal mes de preparación en el campo militar, hicimos buenas migas. Debo aclarar que me llamaban Mambrú, porque mi apellido Malborough, pronunciado mal y rápido, se parece al soldado inglés de aquella canción tan famosa: “Mambrú se fue a la guerra, que dolor, que dolor, que pena”
- Bueno… quería saber por qué quería un perro viejo como tú ir a la guerra… - me preguntó el raso Turner, después de meditar la forma en cómo preguntarlo.
Yo también escogí cuidadosamente mis palabras. No quería que todo el mundo supiera de mi vida personal. - No encontraba ningún trabajo, y al final no vi otra salida más que alistarme.
Una serie de estallidos sonaron a lo lejos, delante de nosotros. Los bombarderos habían soltado las cargas explosivas, lo cual nos facilitaba enormemente las cosas a la carne de cañón.
- Te comprendo… - susurró Turner cuando el estruendo paró– Yo también he dejado atrás a mi novia… No veas lo que la echo de menos.
A esto, el sargento del pelotón, Johnny, se metió en la conversación.
- Pues ya somos tres, yo quería declararme a mi chica, pero entonces me llegó aquella maldita carta y...
Para ser un sargento, la verdad es que era muy amable, comprensivo y amigable, excepto cuando había que ponerse serios (que solía estarlo). Entonces sí encajaba en el estereotipo de sargento mandón.
- Joder, ¿soy el único que no tengo compañera sentimental? – soltó Nick, el artificiero. Tenía 30 años y era el tío más tímido del pelotón, aparte del más inteligente.
- Pues mira, Nick, – dijo Jack, el tipo más fornido que jamás haya conocido, y eso que había trabajado en infinidad de obras y fábricas. - cuando salgamos de aquí, te llevamos a dar una fiestecita con las chavalas esas de la cafetería, que parece que nos lo están pidiendo.
Esta vez sí, todos nosotros empezamos a reírnos y olvidamos por un momento lo que nos esperaba ahí fuera. Y la verdad es que lo necesitábamos.
- ¡Dos minutos!
Justo al oír el aviso, un sonido de una explosión llegó a nuestros oídos. Todos miramos hacia el lugar de donde provino el estruendo, y vimos con horror cómo una barcaza se hundía sin remisión, y los cuerpos de los soldados flotando alrededor, tiñendo de rojo el agua del mar a su alrededor.
- ¡Mierda! ¡88 milímetros! ¡En lo alto del acantilado! – dijo uno de los soldados, señalando al punto más alto de la costa francesa.
Unos fogonazos señalaban la ubicación de la batería de artillería, que destrozaba barcos y aviones como si nada. El miedo me invadió por completo, y ni siquiera rememorando a mi familia, la sonrisa luminosa de Micheal, los acogedores brazos de Mary, conseguía ahuyentarlo. La muerte estaba ahí fuera, eligiendo a sus víctimas arbitrariamente. En cualquier momento un obús podía mandarnos por los aires como si nada. Y lo peor de todo es que no podía hacer absolutamente nada por el momento. Creo que nunca llegué a sentir tanta angustia en toda mi vida.
- ¡Un minuto!
- ¡Joder! ¡Como no lleguemos a la costa ya, estamos muertos! – gritó Jack
- ¡Nos van a matar!
- ¡Esto no entraba en los planes!
- ¡Tíos, tíos, tranquilidad, así no iremos a ninguna parte! – Intenté poner orden, pero no tuve éxito. Quizás porque yo mismo era el más asustado de todos, aunque no lo aparentaba.
-¡Soldados, no olvidemos nuestro objetivo! – Gritó nuestro sargento Johnny por encima del pánico general - ¡Tenemos que llegar a esos cañones e inutilizarlos! ¡Y a quien se le ocurra por un momento huir, será considerado traidor! ¿Queda cla-?
Todavía no me puedo creer que todo acabase así, tan de repente, sin poder hacer nada. Supongo que son los gajes del oficio. El caso es que nuestros peores temores se cumplieron, y recibimos un obús que nos mandó literalmente volando por los aires. No sentí nada de dolor por culpa del shock, y lo que pasó después no lo recuerdo bien; sólo conservo unas imágenes borrosas e inconexas en mi memoria.
Yo debajo de un agua roja, viendo el cuerpo de un soldado (¿Nick?) hundirse sin remisión debido al peso de su equipamiento. Jack sacándome del mar, diciendo algo como “Joder, joder, joder”, y justo después, cayendo al suelo debido a un disparo en la cabeza. Un manco buscando algo entre la playa, y al final lo encuentra: su brazo desmembrado. Y por último, una especie de cilindro con una cabeza gris cayendo justo al lado mío. Entonces, un fulgor repentino inundó mis ojos, y a partir de ahí, todo se convirtió en una negrura absoluta para mí.[u]
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LazyYouth

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MensajeTema: Re: Mambrú se fue a la guerra   Sáb Mar 27, 2010 10:18 am

Dolor
- No entiendo cómo sobreviví a aquella granada que explotó en mi cara. Me gustaría pensar que ha sido obra de Dios, pero él no dejaría vivir a alguien para que sufriese de esta manera. – concluyó Malborough.
Me quedé callado unos segundos, terminando de apuntar todo lo que me dijo su marido, y me quedé mirándole. Viendo su cuerpo sin brazos, sin piernas y sin ojos, llegué a horrorizarme de la crueldad con la que las armas destrozaban a las personas. Pero, ¿quién eran los monstruos? ¿Las armas? ¿Los que las inventaron y las construyeron? ¿O los que las usan? Llevo planteándome esa pregunta desde aquél entonces y todavía no he encontrado la respuesta.
- Doctor… ¿hemos ganado la batalla? – Tim me sacó de mi estado de ensimismamiento.
- Ehhhh… sí, señor Mambrú, ganamos. Pero el precio que hemos pagado ha sido muy alto… - suspiré.
- ¿Y sabe usted si alguno de mis camaradas sobrevivió? – el cansancio empezaba a notarse en la voz del hombre inválido, quien no podía mantener la intensidad del habla y la bajó hasta que acabó musitando.
- Lo siento, señor, pero no lo sé. Hubo muchísimas bajas; todavía seguimos encontrando cuerpos incluso cinco días después de la incursión. Aunque por lo que usted mismo dice, Jack está muerto, y Nick, probablemente también.
Tim dejó escapar un suspiro agotador. – Ojalá pudiera volver a oír a mi esposa y a mi hijo.
Reposó su cabeza sobre su almohada, dando a entender que quería dormir. Me levanté y abandoné la habitación, aunque me quedé plantado delante de la puerta, sin saber qué más hacer. Una narración como ésa sobre lo ocurrido le quita el ánimo a cualquiera.
Vi venir al director del hospital junto con varias enfermeras venir por el pasillo.
- Buenas noches, doctor Hopking. Que yo recuerdo usted no tenía hoy turno de noche… - me saludó el director.
- No, no lo tengo. Es sólo que he ido a visitar a un paciente…
- ¿Ah sí? ¿Tiene a un familiar ingresado? Lo lamento mucho…
- No, no, era sólo para chequearlo y ver cómo estaba. No tengo ninguna relación con él. – en este momento me di cuenta de que las enfermeras habían entrado a la habitación y estaban preparando unas jeringuillas.
- Por cierto, doctor, ¿usted no habrá visto por casualidad la tabla médica del paciente llamado Tim Malborough? – preguntó mi superior.
- Ehhhhh… Sí, la he cogido. He apuntado una dosis de morfina que le he administrado hace media hora para aliviarle el dolor y… Un momento. – de repente comprendí a qué había venido el director realmente.
- Verá, es que han llegado más pacientes de gravedad y tenemos que “trasladar” a los que ya no tienen remedio. Necesito las tablas para reportar…
- ¡No me diga que va a matar a estos soldados! – grité, alarmado.
- Espero que lo comprenda, doctor, pero tenemos que atender a los que sí tienen una posibilidad de sobrevivir. – explicó, con una expresión y tonos severos. – No podemos dejar a estos pobres hombres sufrir más en su agonía.
- Pero… pero… - tartamudeé, pero al final me repuse y le contesté. - ¡Pero ahí dentro hay un hombre que está luchando desesperadamente por sobrevivir! ¡No dejaré que acaben con su vida cuando él está sufriendo tanto por ver al menos a su familia!
- ¡Doctor Hopking, hay más heridos en camino, y todos esos hombres sin futuro están ocupando un sitio valioso para gente que puede vivir! – contestó el director. – Así que le pido por favor, deme la tabla médica y váyase a su casa. Ha tenido un día agotador, debería descansar.
Los ojos grises del anciano se clavaron en los míos, y al no poder aguantar su mirada, bajé mi cabeza. El director me arrebató la tabla de mis manos y me echó a un lado. Alcancé a ver cómo las enfermeras inyectaban la solución letal a todos los pacientes, incluido al señor Malborough.
Tiré mi tarjeta de identificación al suelo, en un arrebato de furia y de impotencia. ¿Para qué estamos los médicos? ¿No se supone que los médicos salvan vidas? ¿Por qué entonces les quitamos el derecho a vivir para “evitar el sufrimiento”? Aunque sea para salvar otras vidas, ¿está bien matar a personas? Aún no he encontrado la respuesta a esas preguntas… Hasta que no las sepa, no me siento preparado para seguir ejerciendo de doctor.
Mientras tanto, he creído conveniente dejarle a usted las últimas memorias de su marido Tim “Mambrú” Malborough, un soldado cualquiera que fue a la guerra para ayudar a su familia. Creo conveniente añadir que más tarde me enteré de que todo el pelotón de Tim murió en el desembarco de Normandía, de una manera u otra, aunque la mayoría fueron abatidos por el obús, sin poder hacer absolutamente nada.
Mis más sinceras condolencias,
Friederich Hopking
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kat

Autor de Renombre

Mensajes: 2202
Edad: 30

MensajeTema: Re: Mambrú se fue a la guerra   Mar Abr 06, 2010 7:21 pm

Comentarios recogidos de la Revista:


Lazy, tu historia me ha parecido grandiosa. Es una idea genial,
pero te confieso que no llegué a entregarle ningún punto.
Las razones: En primer lugar, creí que una idea como esa podría
haber sido mejor desarrollada, aunque los sentimientos
están muy bien transmitidos. Pero en mis notas, apunté cosas
como que en algunas partes se mezclaban los tiempos verbales,
o que al leer algunos trozos de texto me confundía entre si el
Doctor estaba en papel de narrador, o si le estaba escribiendo
textualmente la carta a Mary. Pero también anoté que algunos
momentos y frases están realmente logradas ^^.
Pero bueno, es eso. Al final me ha resultado confuso, a pesar de
que es un gran relato y te tienes merecido el premio.
Creo que no tengo nada más por agregar
Fran_Granger

Lazy, me agrada el perfeccionismo,
pero tienes q pensar q ninguno aquí es
un profesional y esas cosas. Todos tenemos
errores. Por mi parte, le di 5 puntos
a esta historia, porque me agradó
bastant, sobre todo por eso de la canción:
“mambrú se fue a la guerra, ¡que
dolor q dolor q pena!” Me pareció de lo
más XDDDD
Padmelita

Felicidades por el premio Lazy!
Y una cosa; todos los relatos tienen fallos, según
tú, ninguno podría ganar, ¿no?
Yo te voté por la historia, por la ternura de
los personajes y símplemente porque me impactó.
Te di un 10. Y creo que te lo mereces,
siéntete aunque sólo sea por un momento orgulloso,
porque hay 23 relatos detrás de ti.
Nada es perfecto.
Besos!
Aiodiidoia
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Mambrú se fue a la guerra

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